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Advocaciones Marianas

La religiosidad popular en su forma de devoción a las advocaciones marianas, se encuentra presente en el culto litúrgico donde se fusionan los cuatro pilares fundamentales que la sostienen: la fe cristiana, los valores humanos, la cultura antropológica y la historia de los pueblos; todo esto ligado fundamentalmente al sentido espiritual personal de cada creyente.

Las advocaciones marianas las podemos diferenciar, para una mejor comprensión en tres tipos:

►  Advocaciones marianas terrenales

►  Advocaciones marianas del orden o naturaleza mística

►  Advocaciones que por su origen en una determinada IMAGEN de María, se genera gran devoción en un determinado pueblo.

La devoción a la Virgen María

Vamos a aclarar y o recordar de forma significativa los siguientes conceptos: a Dios se le rinde culto de latría o adoración, a San José de protodulía, a los santos de dulía, y a la Virgen María se le rinde culto de hiperdulía o veneración.

Entendiendo por culto religioso, a las manifestaciones de orden público, ese homenaje externo que los cristianos tributamos a María a través de ritos y ceremonias.

Podemos referirnos a los elementos del culto a María, como la VENERACIÓN, ya que se reconoce la grandeza de la Madre de Dios, entonces decimos que amar a Cristo es amar a María y amar a María es amar la Iglesia de Cristo; y a la INVOCACIÓN, se invoca como intercesora y como imitación de sus virtudes.

Las devociones marianas representadas a través de las advocaciones, centralizan el estudio de la mariología, es una realidad que forma parte de la historia de la salvación, que no se puede ocultar y da testimonio de la fe cristiana de los pueblos del mundo entero.

La etimología de la palabra “advocación” proviene del latín advocare, y significa “invocar”, refiere a la invocación, o sea, al hecho de dirigirse hacia un “algo” específico, que en la práctica, varía de forma pero en el fondo o en la teoría, es la misma esencia.

Advocaciones Marianas: Amor a cada una de las devociones siendo María Única

Justamente es esto lo que ocurre con la imagen de la Virgen María, la cual es diferente en cada lugar pero en definitiva es la misma Virgen María, la Madre de Cristo, así cuando el creyente acude con amor a esa imagen específica, lo está haciendo en realidad a la Virgen María.

El objetivo es que si se logra profundizar en esta realidad, podremos trabajar en la evangelización. Así se logra un efecto similar en cada región y al mismo tiempo, respetando la idiosincrasia y el sentimiento popular religioso de cada pueblo.

La representación de María en todo el mundo, pero en especial en Iberoamérica, sostiene un dinamismo antropológico, espiritual y eclesial, que ya es parte de la cultura y de la historia de los pueblos, manteniendo así, lo cotidiano en cuanto a la identidad cristiana y al ejercicio de la fe.

Sin dejar de lado y olvidarnos, jamás, que con Nuestra Madre se recobra la integridad del ser humano, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Con la evolución, el hombre ha experimentado en la desobediencia del pecado, entonces siempre se inclina a concentrar todo en sí mismo. A su vez, se ve sometido y condenado a morir, por supuesto, lo peor es que lo sabe y no lo puede evitar, solo se dedica a posponerlo.

Ante esto, la situación es la siguiente: nos sentimos inseguros y necesitamos de una u otra manera salvar nuestro espíritu, pero descubrimos que no podemos hacerlo por nosotros mismos y por lo tanto confiamos en alguien para lograrlo.

En la conciencia está la necesidad de Dios, la cual perdura en las personas que buscan la fe, que batallan por la fe en Dios. Es ese, el mismísimo momento donde se lleva a cabo, a través de la Virgen, el encuentro de Dios con el hombre.

El mortal acepta su relación con Ella y con Dios. Así como la vida misma, incluso la muerte, también el sufrimiento y el mal, se revelan de otra forma, se aceptan de otra manera, todo esto lleva a que la persona se va reconciliando con el precepto de su mera existencia, con el origen propio de su raza.

La manifestación de la fe devocional en la medida en que se vive, logra preservarla de manera sencilla, unida a la vida simple, a la vida cotidiana, a lo elemental de la vida familiar y social.

La religiosidad popular a manera de devoción (como se dijo anteriormente), a través de sus actos que la distinguen, sean signos, palabras, danzas, cantos u otras celebraciones, así como también el ropaje, colores, costumbres y tradiciones, impulsan en lo individual y comunitario, la fe cristiana y su mero compromiso, relacionándose así con la vitalidad de su historia, de su cultura, de las propias raíces religiosas.

De esta manera se hace posible fomentar la fe en una determinada advocación mariana, formando parte del valor común para todo un pueblo, por estar asociada dentro de su historia esencial, mediante hechos, en lugares geográficos específicos, con fechas precisas en que ocurrieron, apuntando todo a la búsqueda de la salvación espiritual y general como pueblo.

A su vez la piedad popular acompaña la liturgia cristiana desde el comienzo de la vida de la Iglesia. Liturgia y piedad popular son dos expresiones que deben ir de la mano en armonía. Hay una recíproca concepción entre liturgia y piedad popular, y la encontramos en su máxima expresión en la devoción a la Santísima Virgen María.

Inculturación de la Fe

Al hablar de antropología cristiana y desarrollar el tema de la devoción mariana, inmediatamente nos implica hablar del proceso de la inculturación de la fe.

Inculturación hace referencia a “entrar en la cultura”, “in culturare”, meterse dentro de la cultura de un pueblo.

La Virgen María se adecuó a cada lugar en su lenguaje, a su raza, su vestidura; en casi todo, y decimos casi, porque hay algo en que no pudo adaptarse, y fue en el pecado. Ella da a  entender lo que quiere transmitir en el lenguaje y mentalidad de cada pueblo donde interviene.

El desarrollo histórico y social de los pueblos se mantiene dentro de la cultura y evoluciona dentro de ella. Así la fe queda encerrada en el dinamismo de los pueblos y la búsqueda de la salvación verdadera como clave fundamental que va contribuyendo a lo largo de su historia, con la única finalidad: ir hacia Dios.

Un ejemplo de esto fue el pueblo azteca, que día a día sacrificaban vidas humanas y le ofrecía al sol, el corazón palpitante para que la vida continuara. La Virgen María, que en esta advocación se llama Guadalupe, les dice al pueblo en su idioma azteca Náhuatl, que dejaran de hacer ese tipo de sacrificio, que Ella misma le va a ofrecer a Dios el corazón de su Hijo y que por medio de esta ofrenda ya es suficiente para satisfacer a Dios.

Inmediatamente después de esto, los mexicas no hicieron más estos sacrificios humanos. Así la Virgen María entró de tal manera en la identidad del pueblo mexicano, que muchos se hacían (y se hacen) llamar guadalupanos antes de mexicanos. De hecho así se creó el culto guadalupano.

Lo esencialmente Maternal

La devoción mariana se ha centrado por los siglos de los siglos, en lo referente a la maternidad virginal de María y de su intercesión maternal después de su asunción al cielo.

Esta maternidad de Nuestra Madre, atraviesa las fronteras entre los pueblos y culturas. Ella, siendo buena discípula de Dios, obediente, sin apartarse en lo más mínimo del mandato, cumpliendo siempre las cosas que Dios le evocaba y solicitaba.

Ella siendo madre de todos, por mandato de Dios, se impulsa a través de la historia humana a conquistar a todos los pueblos, a todas las razas de la tierra.

Los pueblos se aferran a esa manera profunda y visceral de Madre Celestial, haciendo de Ella, una imagen propia, en otras palabras, la hacen suya.

Cada pueblo tiene a su Virgen, vestida de una u otra manera, en una pose, de pie, sentada, sobre una columna; cientos y cientos de posibilidades, de advocaciones diferentes, pero con una característica en común, es que todas son el reflejo de la adopción que hace el pueblo a la Madre de Jesús, Nuestra Madre espiritual.

De hecho, cambia de raza según sea el continente, ya sea asiática, sea blanca, sea negra, sea india. MARÍA ES TODA PARA TODOS.

Así encontramos diversas advocaciones, diferentes imágenes de la Virgen María a lo largo y ancho de todo el mundo y también de toda la historia. Es así como la Virgen Madre adoptó a sus hijos, y estos también adoptan a la Madre y la hacen suya, a su imagen.

Este fenómeno se da SÓLO con la Virgen María, y es el fiel reflejo y la fuerte e irrenunciable realidad, de su maternidad divina y espiritual.

La devoción popular en sus diversas advocaciones de la Virgen María

Conclusión

A modo de síntesis, concluimos en que toda cultura religiosa que tenga relación con Dios y la Creación, se hace manifiesta a través de expresiones características del pueblo fiel y creyente.

El cristianismo se declara en la devoción popular con todos las sustancias que lo caracterizan: ya sean fiestas, danzas, imágenes, santuarios, reliquias, procesiones, peregrinaciones, así como también plegarias, oraciones, novenas, artículos religiosos, ofrendas, velas, entre otros elementos.

La verdadera piedad popular mariana es al fin y al cabo, auténtica, sumamente necesaria y sobre todo evangelizadora y se fundamenta en la presencia de María, maternal, solícita e intercesora, en la que el pueblo experimenta continuamente.

A Ella acuden en todas sus necesidades, alegrías y sufrimientos, pero que a su vez alienta la vía de cooperación de todo cristiano al acto de la redención.

La verdadera devoción a María, en sus diversas advocaciones, está focalizada en Cristo y en común unión con la Iglesia, por lo tanto no es algo trivial y banal, sino más bien es algo profundo, libre y francamente liberador, con implicancias totalmente sustanciales para los pueblos y personas, esto, movido por la función integradora cristiana que tiene.

Tal así, y al formar parte indiscutible de la historia, cultura y suceso de salvación para cada uno de nosotros y para todos, es que vale mucho la pena y el sacrificio renovarla continuamente.